lunes

34 números para capicúa

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Tanta calma necesitaban sus solitarios corazones que ya no importaba si era la locura del amor lo que unía sus pechos. Claramente no lo era, y sin embargo, tampoco se simplificaba en la carnal complacencia de un gusto fisiológico. Sentían la esencia misma de la energía en conexión, que de tan simple a veces parecía confusa y se perdía en el laberinto que la mente le escondía por la absurda necesidad de coherencia.

Una caricia que parecía deslizarse sola. No sabía ella si era él quien la acariciaba. No sabía él si era ella quien lo abrazaba. No se preocupaban por saberlo tampoco. Tanto se alivianaban sus cuerpos cuando se tocaban que ni la cabeza tenía el poder de frenarlos.

Volaba el tiempo en sus placeres concedidos así como desaparece el deber en dos cuerpos que se apelmazan, buceando los dos en la búsqueda de una madrugada libre de esos sueños que sólo hacen más amarga la realidad.

El sol no marcaba su final ni su destino. La luna podía encontrarlos locamente despiertos o tristemente dormidos.

No lo decían pero lo sabían: estaban ahí para sanarse los corazones de tanta realidad podrida, para limpiarse las cenizas de la piel quemada por intentar gustarle al mundo. Estaban ahí para pintar sus reflejos, llenarlos de colores y líneas, y contrastes y sombras. Ella en él. Él en ella. Nunca juntos, sólo dos. Estaban ahí para recordarse uno a otro un pedazo minúsculo de su identidad, para reconocerla, reconstruirla. 

Estaban ahí. Así. Enroscados en sus cueros. Estaban ahí, sin saber. Y quizás nunca, quizás siempre...no volvían a besarse nunca más.
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